Liturgia y santoral 22/9/16 JUEVES

FERIA
Eclesiastés 1, 2-11
Nada hay nuevo bajo el sol
¡Vanidad de vanidades, dice Qohelet; vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de todas las fatigas que lo fatigan bajo el sol? Una generación se va, otra generación viene, mientras la tierra siempre está quieta.
Sale el sol, se pone el sol, jadea por llegar a su puesto y de allí vuelve a salir. Camina al sur, gira al norte, gira y gira y camina el viento.
Todos los ríos caminan al mar, y el mar no se llena; llegados al sitio adonde caminan, desde allí vuelven a caminar.
Todas las cosas cansan y nadie es capaz de explicarlas. No se sacian los ojos de ver ni se hartan los oídos de oír.
Lo que pasó, eso pasará; lo que sucedió, eso sucederá: nada hay nuevo bajo el sol.
Si de algo se dice: “Mira, esto es nuevo”, ya sucedió en otros tiempos mucho antes de nosotros. Nadie se acuerda de los antiguos y lo mismo pasará con los que vengan: no se acordarán de ellos sus sucesores.
Salmo responsorial: 89
Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Tú reduces el hombre a polvo, / diciendo: “Retornad, hijos de Adán.” / Mil años en tu presencia / son un ayer, que pasó; / una vela nocturna. R.
Los siembras año por año, / como hierba que se renueva: / que florece y se renueva por la mañana, / y por la tarde la siegan y se seca. R.
Enséñanos a calcular nuestros años, / para que adquiramos un corazón sensato. / Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? / Ten compasión de tus siervos. R.
Por la mañana sácianos de tu misericordia, / y toda nuestra vida será alegría y júbilo. / Baje a nosotros la bondad del Señor / y haga prósperas las obras de nuestras manos. R.
Lucas 9, 7-9
A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?
En aquel tiempo, el virrey Herodes se enteró de lo que pasaba y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado, otros que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas. Herodes se decía: “A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas? Y tenía ganas de verlo.

SANTORAL:
Santos: Digna, Emérita, Iraides, vírgenes; Jonás o Ión, presbítero; Exuperio, Inocencio, Vidal, Mauricio, Cándido, Víctor, Focas el Jardinero, mártires; Félix III, papa; Séptimo, Santino; Lautón (Laudo, Lo), Enmerano, obispos; Landelino, eremita; Silvano, confesor; Salaberga, abadesa.

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MAURICIO ¿SIGLO III.Mauricio aparece en el santoral con el apelativo de «soldado», y a diferencia de san Jorge es un militar de infantería, siempre de a pie. Era africano, jefe de la Legión Tebana que se reclutó en la Tebaida, en el Alto Egipto, y a menudo los pintores le presentan como un negro de rizados cabellos.
Su legión fue destinada al norte de los Alpes, a Agaune en, Valais, hoy Saint-Maurice, no lejos del lago de Ginebra, para someter a una tribu rebelde, y allí se produjo el conflicto de conciencia que hizo mártires a Mauricio y a sus compañeros: al negarse a sacrificar a los dioses, primero fueron diezmados y por fin exterminados.
Estos coptos probablemente blancos (no hay que olvidar el equívoco que asociaba el nombre de Mauricio a la Mauritania, a los moros) van a morir a la Helvecia, y dejarán como emblema a lo que hoy es Suiza la insignia de la Legión Tebana, una cruz blanca sobre fondo rojo.
Es inútil discutir si fue toda una legión o una unidad mucho más pequeña, por ejemplo, una cohorte, eso son minucias indignas de aquellos soldados de la fe que por ella aceptan la muerte, y que simbólicamente están en las raíces cristianas de la Suiza actual (como no podía ser menos, san Mauricio es patrón de la Guardia Suiza del Papa).
Para nosotros siempre serán los personajes viriles, graves, serenos, infinitamente persuasivos en los gestos de su coloquio, del gran cuadro que el Greco pintó para el Escorial, y que no gustó a Felipe Il, tal vez por estimar anticuado el procedimiento de pintar en el mismo lienzo diversas escenas del martirio; al fondo, los soldados ofrecen su cuello al verdugo, y en primer término Mauricio explica a los demás con lo que imaginamos una sencilla y profunda elocuencia las razones de morir. En la altura, una apoteosis de ángeles les baña de gloriosa luz.