Liturgia y santoral 26/6/14 ML: S. PELAYO

Memoria libre: SAN PELAYO, mártir
– 2Re 24, 8-17. Nabucodonosor deportó a Jeremías y a todos los ricos de Babilonia.
– Sal 78. R. Líbranos, Señor, por el honor de tu nombre.
– Mt 7, 21-29. La casa edificada sobre roca y la casa edificada sobre arena.
21 «No todo el que me diga: “Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial.
22 Muchos me dirán aquel Día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?”
23 Y entonces les declararé: “¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!”
24 «Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca:
25 cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca.
26 Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena:
27 cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina.»
28 Y sucedió que cuando acabó Jesús estos discursos, la gente quedaba asombrada de su doctrina;
29 porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas.

SANTORAL:
Santos: Pelayo, niño, Superio, mártires; Salvio, obispo y mártir; José María Robles Hurtado, sacerdote y mártir; Juan y Pablo, hermanos mártires; Antelmo, Hermogio, Virgilio, Rodolfo, Constantino, Marciano, obispos; Majencio, presbítero; Perseveranda, virgen; David, eremita; Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador, beato.

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SAN PELAYO, mártir (+925)
Con gran valentía y recalcando las palabras que brotaban de sus labios dijo el niño Pelayo al emir Abderrahmán: “Si, oh rey, soy cristiano. Lo he sido y lo seré por la gracia de Dios. Todas tus riquezas no valen nada. No pienses que por cosas tan pasajeras voy a renegar de Cristo, que es mi Señor y tuyo aunque no lo quieras.
Así de valiente era aquel muchacho en aquellos momentos que eran
los postreros de su vida. Pero es que lo había sido siempre así desde que tuvo uso de razón.
En la historia gloriosa de la Iglesia de todos los siglos han abundado niños que han estado siempre dispuestos a morir por la causa de Jesucristo en la fe que heredaron de sus ejemplares padres. Uno de éstos, San Pelayo o San Payo como le llaman graciosamente en Galicia. Aquí, en la hermosa ciudad de Tuy, nació este niño a principios del siglo décimo.
Sus padres le educaron cristianamente en la fe. También recibió sabios y santos ejemplos de su tío Hermogio que era el Obispo de aquella diócesis. Su niñez la pasó al lado de su tío en el Santuario-Catedral, entregado de lleno al canto de la liturgia y al estudio de la Sagrada Escritura y ciencias profanas, ya que en todo debía estar preparado para un mañana que no le llegará.
Eran los años duros y terribles de la Reconquista. Hermogio fue hecho prisionero por los árabes y lo llevaron hasta Córdoba para encerrarlo en unas mazmorras. Después se cambiaron las cosas. Otros prisioneros fueron capturados en lugar del Obispo esperando que este podría recoger oro suficiente para recuperar a los encarcelados. Entre éstos estaba el sobrino del Obispo, nuestro niño Pelayo.
Una vez en la cárcel, el niño pasaba los días y las noches entregado a la oración y tratando de consolar a los que ya desesperaban de la llegada del precio del rescate.
De cuando en cuando entraba en el lóbrego calabozo uno de los soldados y azotaba bárbaramente a cuantos se encontraban en aquellas terribles mazmorras. No tenía más que diez años y parecía un anciano venerable por los consejos que daba y por la valentía con que aguantaba los castigos y el hambre. A todos llamaba, sobre todo, la atención la pureza de aquel niño que parecía un ángel. La corrupción reinaba en aquellos antros. El pequeño Pelayo quedaba admirado al contemplar que muchos de los que antes habían compartido con él la cárcel estaban ahora en lugares de honor ¿Por qué? La respuesta era fácil: habían claudicado de su fe o habían consentido en aberraciones vergonzosas.
Un día se acercó a él el carcelero .y le dijo: “Te felicito, pequeño, porque el rey ha puesto los ojos en ti y quiere honrarte”. Lo perfumaron, lo vistieron de sedas.., y lo presentaron ante el rey Abderrahmán. Al llegar a su presencia, el rey le dijo: “Niño, grandes honores te aguardan; ya ves
mi riqueza y mi poder; pues si haces cuanto te diga, una gran parte será para ti. Tendrás un palacio, oro, plata, caballos y cuantos esclavos y esclavas y todo que quieras apetecer. Sólo una cosa es necesaria para ello: que te hagas musulmán como yo, pues he oído decir que a pesar de ser tan joven ya haces prosélitos para tu religión”. El joven Pelayo contestó valientemente con las palabras con que hemos empezado esta preciosa biografía.
Abderrahmán, al ver que no salía con la suya, mandó que lo llevaron al calabozo y allí fuera primero atraído con halagos y si se resistía, fuera martirizado. Era el 925 cuando este niño de diez abriles derramaba su sangre por Cristo