Liturgia y santoral 6/10/16 ML: SAN BRUNO

Memoria libre: SAN BRUNO, presbítero
Gálatas 3, 1-5
¿Recibisteis el Espíritu por observar la ley, o por haber respondido a la fe?
¡Insensatos gálatas! ¿Quién os ha embrujado?
¡Y pensar que ante vuestros ojos presentamos la figura de Jesucristo en la cruz! Contestadme a una sola pregunta: ¿recibisteis el Espíritu por observar la ley, o por haber respondido a la fe?
¿Tan estúpidos sois? ¡Empezasteis por el espíritu para terminar con la carne! ¡Tantas magníficas experiencias en vano! Si es que han sido en vano. Vamos a ver: Cuando Dios os concede el Espíritu y obra prodigios entre vosotros, ¿por qué lo hace? ¿Porque observáis la ley, o porque respondéis a la fe?
Interleccional: Lucas 1
Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado a su pueblo.
Nos ha suscitado una fuerza de salvación / en la casa de David, su siervo, / según lo había predicho desde antiguo / por boca de sus santos profetas. R.
Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos / y de la mano de todos los que nos odian; / realizando la misericordia / que tuvo con nuestros padres, / recordando su santa alianza. R.
Y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán. / Para concedernos que, libres de temor, / arrancados de la mano de los enemigos, / le sirvamos con santidad y justicia, / en su presencia, todos nuestros días. R.
Lucas 11, 5-13
Pedid y se os dará
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene a medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”, y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada, mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”. Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe; quien busca, halla, y al que llama, se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuanto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”

SANTORAL:
Santos: Bruno, fundador; Sagar, Barto, Balduino, Probo, Renato, Román, Térico, Artaldo, Apolinar, Fraterno, Magno, obispos; María Francisca de las cinco llagas, confesores; Godofredo, abad; Alberta, Marcelo, Casto, Emilio, Saturnino, beato; Diego Luis de S. Vitores, mártires.

Imagen
SAN BRUNO 1033
Resulta imposible recordar a San Bruno con otros rasgos que sean los del asceta consumido enteramente por su visión interior, tal como lo representa Houdon. Y, sin embargo, si bien Bruno había sido, hasta sus cincuenta años un celoso sacerdote, nada había tenido hasta entonces de ermitaño. Nacido en Colonia hacia el 1030, tres años después de la muerte de San Romualdo el Padre de los eremitas de Camaldoli, pasó a ser canónigo de, la colegiata de San Cuniberto, para convertirse más tarde en Reims, por más de veinticinco años, en el «Maestro Bruno», profesor muy apreciado de una de las escuelas de más reputación de su tiempo. Fue hacia 1080 cuando escuchó la llamada a una vida de total entrega a la penitencia v a la contemplación. Abandonando su cátedra se retiró junto con algunos discípulos cerca de Molesme, y mas tarde al macizo de Chartreuse, cerca de Grenoble, en los Alpes del Delfinado donde instaura un tipo de vida monástica sumamente parecida, en ciertos aspectos a la que había concebido San Romualdo: los hermanos vivirían como ermitaños, pero se reunirían para la celebración litúrgica. En 1088, a instancias del papa Urbano II – su antiguo alumno, Bruno hubo de abandonar Chartreuse para no volver a verla más. Tras pasar 3 o 4 años en Roma, obtuvo permiso para retirarse a Calabria, en donde fundó un nuevo retiro en el desierto de La Torre. Allí fue donde murió, cerca de Serra, en 1101.
El combate espiritual de Bruno por la Iglesia empieza por la renuncia (se le suele representar con el báculo y la mitra a los pies, los honores pisoteados) y consiste en la oración, el trabajo y la penitencia. La gran batalla se libra por medios que parecen incongruentes, ¿no seria más efectivo recorrer Europa catequizando, predicando, convenciendo?
No, el camino de este hombre es la soledad y las asperezas de una vida durísima, el ideal más severo de toda la historia de la Iglesia que ha pervivido en todo su rigor hasta hoy. Ser cartujo es morir al mundo, abrazar el silencio, la mortificación extremada, reducir la existencia a un pequeño huerto, a una vida rigurosa, a la prioridad absoluta de Dios.
Para él la Iglesia se salva desde allí, no en medio del mundo, pero años después un antiguo discípulo hecho papa le llamará como consejero a Roma, la mayor penitencia que podía imponérsela. Bruno va a obedecer muerto de añoranza por su Cartuja, y morirá en otra fundación italiana, muy lejos de su valle de Grenoble.
Bruno y sus monjes blancos, desasidos de cualquier interés terrenal, que llevan el desierto consigo como lugar de encuentro con Dios, son un rincón privilegiado de sombra y de silencio, de adoración, en la vida de la Iglesia, el jardín más austero del alma.