Liturgia y santoral 15/5/13 MO: SAN ISIDRO

Memoria obligatoria: SAN ISIDRO, labrador
– Hch 20, 28-38. Os encomiendo a Dios, que tiene poder para construiros y haceros partícipes de la herencia.
– Sal 67. R. Reyes de la tierra, cantad a Dios.
– Jn 17, 11b-19. Que sean uno, como nosotros
En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo: “Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura.
Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que ellos mismos tengan mi alegría cumplida. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad.”

SANTORAL:
Santos: Isidro Labrador, patrono de los agricultores y de los ingenieros agrónomos; Emigdio, obispo y mártir; Torcuato, Tesifonte, Cecilio, Indalecio, Esiquio, Eufrasio, Segundo, Simplicio, Isaías de Kiev, Reticio, obispos; Dipna, virgen y mártir; Mancio, Pedro, Andrés, Pablo, Dionisia, Casio, Victorino, Máximo, mártires; Juana de Lestonnac, fundadora de la Orden de Nuestra Señora; Ruperto, confesor.

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Isidro Labrador, patrón de Madrid y de los trabajadores del campo (c. a. 1080 1130)
La vida de Isidro Labrador fue menos relevante desde el punto de vista político y social que la de su contemporáneo Olaguer († 1137), primer obispo de Barcelona y posteriormente titular de la metrópoli de Tarragona. Juan Diácono, del siglo XIII, el biógrafo que escribió Vita Sancti Isidori, destaca en él, sobre todo, la ejemplaridad de un cristiano madrileño extremadamente sencillo que tuvo que esperar la sanción oficial de su santidad hasta el siglo XVII, cuando el rey Felipe III, que atribuyó su propia curación a la intercesión de san Isidro, solicitó y obtuvo la beatificación al papa Paulo V el 4 de junio de 1619 y, tres años más tarde, la canonización por Gregorio XV.
No se sabe con exactitud el año del nacimiento de san Isidro –sí que fue el final del siglo XI–, ni la casa, ni el barrio en que poco más o menos estaría hoy ubicado el lugar en que vio la primera luz, ni siquiera el nombre de sus padres. Como es de esperar, la época, el tiempo en que transcurre su vida, la poca importancia social o política de Madrid en los momentos en que la pisa el santo pueden aportar muy pocos datos fiables y comprobables desde el ámbito histórico, sobre todo, si se tiene en cuenta que no perteneció al mundo de la política, de las finanzas, ni al de la jerarquía alta de la Iglesia que hubieran podido dejar constancia para la posteridad la influencia social en el ambiente cristiano de su mundo. Y lo que puede parecer paradójico al oriundo común –munícipe de a pie– de la megalópolis que es el Madrid actual es que su patrón no sea un industrial, ni un político, gobernante, banquero, sociólogo o cardenal –un ciudadano–, sino precisamente un agricultor –un hombre del campo–. Pero esas son las ironías de la vida y la enseñanza de la historia que da lecciones de humildad, haciendo ver, como en este caso, que las grandes urbes también un día tuvieron infancia.
Parece que se bautizó en la antigua parroquia de san Andrés, recibiendo el nombre bautismal de Isidoro –Isidro es su síncopa– seguramente en honor del santo arzobispo de Sevilla; dicen que trabajó como pocero y bracero al servicio de la familia Vera de la que salió, junto con otros muchos del lugar, cuando Alí toma Toledo al frente del imponente ejército de almorávides, y que esta fue la razón de trabajar en Torrelaguna donde contrajo matrimonio con Toribia, luego Santa María de la Cabeza, de quien tuvo a su hijo Illán, también tratado como santo. Al regreso a Madrid se asienta definitivamente en la casa de la familia Vargas, cuidando de las tierras de Juan, donde ejercita las virtudes cristianas en el cumplimiento fiel de las obligaciones con Dios y los hombres, entre las labores del campo y la atención a su casa. De hecho, el papa Gregorio XV afirma que «nunca salió para su trabajo sin antes oír, muy de madrugada, la santa misa y encomendarse a Dios y a su Madre santísima».
La tradición popular conservó la memoria de su espíritu de oración y de generosidad para con los necesitados, glosándolos con prodigios que, más que verdad histórica, encierran los anhelos de todo agricultor sometido al duro capricho de los elementos hasta que su cosecha dé fruto: agua que salta al golpe de azada y tormentas que se disuelven milagrosamente a ruegos del agricultor; la sopa que se multiplica de modo prodigioso en la olla, cuando se hace caridad con el pobre advenedizo, para que no falte alimento a la familia, y –el más comentado por el pueblo– los ángeles que se prestan a colaborar en la labranza la tierra mientras él se dedica a la oración.
Naturalmente, ese es el producto de la fábula y del cariño al santo varón. La verdad debió de ir por los derroteros vulgares y comunes en su tiempo como llevar albarcas llenas de barro, algún manto con añadidos, quizá remiendo en el calzón, un tapasol de cabeza y de mucho sudor impregnado su jubón; sus manos serían rudas y con callos; sus gestos, serenos, pensados, sin precipitación, y sus palabras, más toscas que finas; pero esa humildísima persona no cedió a la pereza, luchó contra el egoísmo, atendió a quien penaba y supo contar con Dios.
Su culto está muy extendido entre los trabajadores del campo que le tienen como especial protector. Es patrono de los agricultores y de la archidiócesis de Madrid.
Murió anciano.
Su cuerpo incorrupto se conserva en la Colegiata de su nombre en Madrid, y el arcón donde secularmente estuvo depositado se visita en la Catedral de Nuestra Señora de la Almudena en la Capital de España