Liturgia y santoral 29/12/16 Conm: Sto. TOMÁS BECKET
Conmemoración: SANTO TOMÁS BECKET, obispo y mártir
1Juan 2,3-11
Quien ama a su hermano permanece en la luz
Queridos hermanos: En esto sabemos que conocemos a Jesús: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: “Yo le conozco”, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él.
Queridos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que tenéis desde el principio. Este mandamiento antiguo es la palabra que habéis escuchado. Y, sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo -lo cual es verdadero en él y en vosotros-, pues las tinieblas pasan, y la luz verdadera brilla ya. Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos.
Salmo responsorial: 95
Alégrese el cielo, goce la tierra.
Cantad al Señor un cántico nuevo, / cantad al Señor, toda la tierra; / cantad al Señor, bendecid su nombre. R.
Proclamad día tras día su victoria. / Contad a los pueblos su gloria, / sus maravillas a todas las naciones. R.
El Señor ha hecho el cielo; / honor y majestad lo preceden, / fuerza y esplendor están en su templo. R.
Lucas 2,22-35
Luz para alumbrar a las naciones
Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”, y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones.”
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.”
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María su madre: “Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.”
SANTORAL:
Santos: Tomás Becket, obispo y mártir; Trófimo, Teodora, Alberto, confesores; Calixto, Félix, Bonifacio, Domingo, Víctor, Primiano, mártires; Crescente, Catrense, obispos; Ebrulfo, Vidal, Marcelo, abades; David, rey y profeta.
Santo Tomás de Canterbury, Tomás Cantuariense, Tomás de Cantorbery o Tomás Becket (Londres, 21 de diciembre de 1118-Canterbury, 29 de diciembre de 1170)
Biografía
Nació en el seno de una familia burguesa originaria de Ruan en Normandía.
Uno de los amigos ricos de su padre, Richer de L’aigle —posteriormente firmante de la constitución de Clarendon contra Tomás—, que se sentía atraído por sus hermanas, le enseñó las buenas maneras, a montar a caballo y a cazar, por lo que participaba en justas y torneos. A los diez años realizó sus primeros estudios de leyes civiles y canónicas en la abadía de los monjes de Merton, en Surrey. Estudió teología en París y Bolonia. De regreso a Inglaterra, entró al servicio del arzobispo de Canterbury, Teobaldo, que, impresionado por su capacidad y sagacidad, le encargó varias misiones en Roma.
En 1154 fue nombrado arcediano de Canterbury y preboste de Beverley y, al año siguiente, canciller del reino.
Enrique II de Inglaterra, como todos los reyes normandos, quería ser el soberano absoluto, tanto de su reino como de la Iglesia, basándose en las costumbres ancestrales de sus antepasados; quería eliminar los privilegios adquiridos por el clero inglés que consideraba disminuían su autoridad. Becket le pareció la persona idónea para defender sus intereses; el joven canciller se convirtió no sólo en un fiel servidor de Enrique II, sino también en un excelente compañero de caza y diversiones, manteniendo, no obstante, con mucha diplomacia, su renuncia a las pretensiones del rey. Nadie dudaba, excepto quizá Juan de Salisbury, de la total entrega y fidelidad de Becket a la causa real. El rey envió a su hijo Enrique a vivir en la casa de Becket, tal y como se acostumbraba a hacer con los niños de la nobleza. Más tarde ésta sería una de las razones por las cuales Enrique se enfrentaría a su padre, al estar afectivamente ligado a su tutor Becket.
El arzobispo Teobaldo falleció el 18 de abril de 1161 y el capítulo acogió con cierta indignación el hecho de que el rey les impusiera a Tomás como sucesor en la sede arzobispal de Canterbury. La elección tuvo lugar en mayo y Becket fue consagrado el 3 de junio de 1163.
Arzobispo
Desde el momento en que fue consagrado, una transformación radical se operó en el nuevo Primado ante la estupefacción general de todo el reino. El cortesano alegre y amante de los placeres dio paso a un prelado austero con ropas de monje y dispuesto a sostener hasta la muerte la causa de la jerarquía eclesiástica.
Ante el cisma que dividía a la Iglesia, Becket se inclinó a favor del papa Alejandro III que sustentaba los mismos principios jerárquicos y recibió el palium o estola de Alejandro en el concilio de Tours.
De regreso a Inglaterra, Becket empezó a poner en práctica el proyecto que había preparado: liberar a la Iglesia de Inglaterra de las limitaciones que él mismo había consentido aplicar. Su objetivo era doble: abolición completa de toda jurisdicción civil sobre la Iglesia, con el control no compartido por el clero, libertad de elección de sus prelados y la adquisición y seguridad de la propiedad como un fondo independiente.
El rey comprendió rápidamente el resultado inevitable que esta actitud del arzobispo comportaba y convocó al clero en Westminster el 11 de octubre de 1163, exigiendo la derogación de todas las demandas de excepción jurídica civil y reconociendo la igualdad de todos los individuos ante la ley. La alta prelatura se hallaba dispuesta a admitir las peticiones del rey, a lo que se negó, firmemente, el arzobispo. Enrique no estaba dispuesto a mantener una disputa abierta y propuso un acuerdo apelando a las costumbres del pasado. Tomás aceptó este compromiso aunque con ciertas reservas respecto a la salvaguarda de los derechos de la Iglesia; no hubo consenso y la cuestión quedó sin resolver. Enrique II, insatisfecho, abandonó Londres.
Las constituciones de Clarendon
El rey convocó otra asamblea en Clarendon el 30 de enero de 1164 en la que presentó sus demandas expuestas en dieciséis puntos. Sus peticiones implicaban el abandono de la independencia del clero y su dependencia de Roma. Aparentemente obtuvo la aprobación del clero, pero no la de su Primado.
Becket trata de llegar a un acuerdo mediante la discusión de los puntos expuestos por el rey, pero ante la obstinación del mismo, se niega a firmar el tratado. Esto significó la guerra abierta entre los dos poderes en cuestión. Enrique trata de deshacerse de Becket por la vía judicial y le convoca ante el gran consejo de Northampton el 8 de octubre de 1164 para responder a la acusación que se le hace: oposición a la autoridad real y abuso de su cargo de canciller.
Becket deja Inglaterra
Becket niega el derecho de la asamblea para juzgarle y recurre al Papa; pero, dándose cuenta del peligro que corre, se exilia voluntariamente el 2 de noviembre, refugiándose en Francia. Se dirige a Sens donde se encontrará con el papa Alejandro III, que recibe asimismo a unos enviados del rey que solicitan, en su nombre, que tome medidas contra Becket y envíe un legado a Inglaterra con autoridad plenaria para resolver el problema. Alejandro III se niega a tales pretensiones y presta su apoyo a Becket.
Enrique persigue al arzobispo fugitivo dictando una serie de decretos contra Becket aplicables a todos sus amigos y partidarios; pero Luis VII de Francia le acoge y le ofrece su protección. Becket permanece dos años en la abadía cisterciense de Pontigny, hasta que las amenazas de Enrique le obligan a regresar a Sens.
Becket, en plena posesión de sus prerrogativas, quería que su posición fuera mantenida por medio de la excomunión y la prohibición, pero aunque Alejandro III simpatizaba con las ideas de Becket, prefería contemporizar y atemperar para lograr sus propósitos. Las diferencias entre el papa y el arzobispo se hicieron patentes y empeoraron cuando, en 1167, unos legados fueron enviados a Inglaterra con autoridad para arbitrar en la cuestión. Obviando esta limitación sobre su jurisdicción y persistiendo en sus principios, Becket pacta con los legados y se somete a las condiciones del rey a cambio de que éste respete los derechos de su orden.
Su firmeza parece recompensada cuando, en 1170, el papa está a punto de cumplir sus amenazas de excomulgar al rey. Enrique, inquieto ante esta eventualidad, trata de llegar a un acuerdo que permita el regreso de Tomás a Inglaterra y dejarle continuar con su ministerio.
Ambas partes siguieron irreconciliables y Enrique, apoyado por sus partidarios, se niega a devolver las propiedades eclesiásticas que había invadido. Tomás prepara la sanción contra todos aquellos que habían privado a la Iglesia de sus bienes y contra los obispos que la habían secundado. Tomás ya había sido enviado a Inglaterra para su promulgación, desembarcó en Sándwich el 3 de diciembre de 1170 y, dos días después, entró en Canterbury.
Asesinato
La tensión existente entre ambas partes imposibilitaba una salida satisfactoria y la catástrofe se veía venir. Dos frases del rey, exasperado, «¿no habrá nadie capaz de librarme de este cura turbulento?» y «es conveniente que Becket desaparezca» (es posible que las frases fueran apócrifas; según la tradición fueron dichas en un ataque de ira), fueron interpretadas como una orden para cuatro caballeros anglo-normandos, Reginald Fitzurse, Hugo de Morville, William de Tracy y Richard Brito que, de inmediato, proyectaron el asesinato del arzobispo que llevaron a cabo el martes 29 de diciembre de 1170 en el atrio de la catedral de Canterbury mientras asistía a vísperas con la comunidad monástica.
Becket fue reverenciado por los fieles de toda Europa que lo consideraron un mártir. Apenas tres años después, en 1173, fue canonizado por Alejandro III. El 12 de julio de 1174, Enrique II tuvo que hacer penitencia públicamente ante la tumba de su enemigo, que se convirtió en uno de los lugares de peregrinaje más populares de Inglaterra, hasta que fue destruida durante la disolución de los monasterios (1538 a 1541). En 1220, los restos de Becket fueron trasladados desde su primera tumba, donde habían sido sepultados gracias a los esfuerzos de su sucesor, Ricardo de Dover, a un relicario en la recién terminada capilla Trinity. El suelo sobre el que descansaba ese relicario es aún señalado con una vela encendida. Hoy día, los arzobispos celebran la eucaristía en este lugar para conmemorar el martirio de Becket y el traslado de su cuerpo a ese emplazamiento.