Liturgia y santoral 6/10/20 ML: S. BRUNO

Memoria libre: SAN BRUNO, presbítero

Gálatas 1, 13-24

Reveló a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles

Hermanos: Habéis oído hablar de mi conducta pasada en el judaísmo: con qué saña perseguía a la Iglesia de Dios y la asolaba, y me señalaba en el judaísmo más que muchos de mi edad y de mi raza, como partidario fanático de las tradiciones de mis antepasados.

Pero, cuando aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia se dignó revelar a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles, en seguida, sin consultar con hombres, sin subir a Jerusalén a ver a los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, y después volví a Damasco.

Más tarde, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Pedro, y me quedé quince días con él. Pero no vi a ningún otro apóstol, excepto a Santiago, el pariente del Señor. Dios es testigo de que no miento en lo que os escribo. Fui después a Siria y a Cilicia. Las Iglesias cristianas de Judea no me conocían personalmente; sólo habían oído decir que el antiguo perseguidor predicaba ahora la fe que antes intentaba destruir, y alababan a Dios por causa mía.

 

Salmo responsorial: 138

Guíame, Señor, por el camino eterno.

Señor, tú me sondeas y me conoces; / me conoces cuando me siento o me levanto, / de lejos penetras mis pensamientos; / distingues mi camino y mi descanso, / todas mis sendas te son familiares. R.

Tú has creado mis entrañas, / me has tejido en el seno materno. / Te doy gracias, / porque me has escogido portentosamente, / porque son admirables tus obras. R.

Conocías hasta el fondo de mi alma, / no desconocías mis huesos. / Cuando, en lo oculto, me iba formando, / y entretejiendo en lo profundo de la tierra. R.

 

Lucas 10, 38-42

Marta lo recibió en su casa. María ha escogido la parte mejor

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.

Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.”

Pero el Señor le contestó: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.”

 

 

SANTORAL:

  • San Adalberón, San Artaldo, San Bruno de Colonia, Santa Fe de Agen, San Francisco Tran Van Trung, San Juan Xenos, San Magno de Venecia, Santa María Francisca de las Llagas, San Pardulfo, San Renato de Sorrento, San Román de Auxerre, San Ságar, San Ywio.
    • Beato Francisco Hunot, Beato Isidoro de San José de Loor, Beata María Rosa Durocher, Beato Juan de Palafox.

 

 

San Bruno de Colonia nació cerca del año 1030 en la ciudad alemana de Colonia, perteneciente entonces al Sacro Imperio Romano Germánico.

Muy joven, dejó su ciudad natal para dirigirse a la ciudad francesa de Reims. Ahí hizo los estudios del trivio, quatrivio y teología, destacándose como un excelente alumno.

Se destacó especialmente en los estudios sobre la Sagrada Escritura. Con cerca de 26 años, pasó a ser el director de la Escuela de la catedral de Reims, entonces la más prestigiosa de toda Francia.

En Reims se encontraban estudiantes provenientes de toda Europa que venían atraídos por la fama y por la calidad de las enseñanzas impartidas allí.

Además, san Bruno era canónigo de la catedral de Reims y el arzobispo de Reims lo nombró canciller-secretario de la archidiócesis.

Pero, teniendo por delante un futuro tan brillante y siendo incluso apuntado por el legado pontificio en Francia como persona totalmente idónea para ocupar la sede arquiepiscopal de Reims, entonces la más importante de toda Francia, Bruno sintó la vocación monástica.

 

Abandonó Reims y a buscó un lugar solitario donde pudiera llevar una vida eremítica. Se encaminó hacia Molesmes, donde Roberto de Molesmes, futuro fundador del Císter en 1098, vivía con otros monjes una vida monástica en comunidad (vida cenobítica). Pero, San Bruno, que se sentía fuertemente atraído a una vida radicalmente solitaria, una vida eremítica, se decide a abandonar este primer intento de llevar una vida monástica y optó por dirigirse más hacia el sur, hacia Grenoble, en el Delfinado, junto a los Alpes, porque se sentía atraído por la fama de santidad del obispo Hugo.

San Hugo de Grenoble, a quien los cartujos consideran como cofundador de su Orden, recibe paternalmente a san Bruno y a sus seis compañeros, que serán los primeros siete monjes cartujos, simbolizados en el escudo de la Orden por siete estrellas, los escucha y los conduce a un lugar extremadamente solitario en su diócesis, las montañas de Chartreuse. Ahí, San Bruno y sus seis primeros compañeros inician una forma de vida eremítica que con el tiempo se desarrollaría para formar la Sagrada Orden Eremítica de la Cartuja. El nombre de Cartuja deriva del nombre del lugar (Chartreuse, en francés; Cartusia, en latín).

La entrada de San Bruno en el desierto de Chartreuse se da en torno a la solemnidad de San Juan Bautista (24 de junio) de 1084. San Bruno tiene entonces cerca de 53 años.

En ese lugar, San Bruno irá creando progresivamente un modo muy particular de vivir la vida monástica, que compagina una gran parte de vida eremítica con una vivencia en comunidad. Los cartujos se establecen como una familia monástica, como una comunión de solitarios para Dios. Cada monje vive solo en su celda, de donde sale sólo para las largas vigilias nocturnas (Maitines y Laudes), para las Vísperas y algunos días para la celebración de la Santa Misa, por la mañana. La Santa Misa y estas Horas principales del Oficio Divino (el Opus Dei, la Obra de Dios, por excelencia) se celebran en la pequeña iglesia conventual de piedra, mientras las celdas, de madera, se disponen unas cerca de las otras y unidas entre sí y con los espacios comunes (iglesia, capítulo, refectorio) al modo de un pequeño claustro, que protegía a los monjes de las frecuentes nieves y que les permitía acudir a las reuniones conventuales. Cada celda, como aún sucede hoy día en las cartujas del mundo, poseía una pequeña estufa a leña que permitía a los cartujos defenderse de los rigores del frío, tan intenso en aquellos parajes.

 

Pero, en 1090, después de su vida solitaria en Chartreuse, su antiguo alumno en Reims, el papa Urbano II, lo llama a Roma para que le ayude en la prosecución de la Reforma Gregoriana, fuertemente impulsada por varios papas anteriores, especialmente por su antecesor, Gregorio VII, de quien la reforma toma el nombre. Por obediencia al papa, Bruno deja la Cartuja para dirigirse a Roma.

Sin embargo, San Bruno no termina por adaptarse al ambiente curial y consigue que el papa Urbano II confirme la existencia en él de una llamada divina, de una vocación a la vida monástica contemplativa vivida en total soledad. Así, al año de llegar a Roma, en 1091, Urbano II concede a san Bruno poder retirarse de nuevo para vivir una vida totalmente eremítica. Sin embargo, el papa le pide que no se aparte de Italia. De este modo, en vez de volver a la Cartuja, San Bruno se retira a la región de Calabria, donde fundará su segundo eremitorio, Santa María della Torre. Antes, san Bruno había rehusado aceptar el arzobispado de Reggio Calabria, en Italia, que el mismo Sumo Pontífice le ofrecía.

Finalmente, san Bruno recupera su amada soledad. Ahí vive, durante sus diez últimos años de vida en la tierra hasta su muerte el domingo 6 de octubre (día de su fiesta litúrgica) de 1101.

 

San Bruno nos dejó dos Cartas: una escrita a su amigo, Raúl Le Verd, canónigo y luego arzobispo de Reims, y otra a sus hijos espirituales de Chartreuse, la primera cartuja por él fundada. Además, se conserva el texto de su profesión de fe, pronunciada poco antes de su muerte, en presencia de sus hermanos de la cartuja de Santa María della Torre, y se le atribuyen también un libro de Comentarios a las Cartas de San Pablo y otro de Comentarios a los Salmos.

San Bruno fue beatificado por medio de “un oráculo de viva voz”, a petición de los cartujos, por el papa León X, en 1514, y en 1623 el papa Gregorio XV lo canonizó.