Liturgia y santoral 6/11/14 MO: MÁRTIRES S/ XX ESPAÑA

M. obligatoria: MÁRTIRES DEL SIGLO XX EN ESPAÑA
– Flp 3, 3-8a. Lo que para mí era ganancia lo consideré pérdida comparada con Cristo.
– Sal 104. R. Que se alegren los que buscan al Señor.
– Lc 15, 1-10. Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta

1 Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle,
2 y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos.»
3 Entonces les dijo esta parábola.
4 «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las 99 en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra?
5 Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros;
6 y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido.”
7 Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión.
8 «O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra?
9 Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido.”
10 Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»

SANTORAL:
Leonardo, confesor; Severo, obispo y mártir; Vinoco, Itudo, abades; Félix, monje; Beatos Alfonso Navarrete, Francisco Fernández de Capillas y compañeros mártires; Beata Josefa Naval Girbés; Leonardo, monje; Félix y Ático, mártires.

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498 de los miles de católicos asesinados en la persecución religiosa desencadenada en la España de los años treinta, durante la II República y la Guerra Civil. La Iglesia católica ha dicho que, al honrar a estos mártires, no esgrime esas muertes contra nadie. Cualquiera que defienda la necesidad de seguir la propia conciencia y la libertad religiosa puede sumarse a este recuerdo. El historiador Fernando de Meer evoca el contexto en que se produjeron los hechos.
Nunca olvidaré la emoción que sentí al visitar un cementerio de soldados británicos en el bosque de Arenberg, cerca de Lovaina. Miles de cruces blancas, césped cuidado, la tribuna ligeramente elevada en el fondo. No obstante, lo que más llamó mi atención fueron algunas cruces cercanas a la entrada en las que, por ejemplo, podía leerse: “Abatido en el sur de Bélgica. Desconocido para los hombres, conocido para Dios”. Me pareció admirable esa voluntad de gratitud hacia todos aquellos soldados, muy jóvenes en su mayoría, que dieron su vida para que la libertad pudiera ser una realidad en Europa.
He tenido sentimientos análogos al recorrer la catacumba de san Sebastián en Roma, donde un tiempo estuvieron enterrados los restos de san Pedro. No resultaba difícil considerarse integrado en la tradición de aquellos cristianos, que hasta el inicio del siglo cuarto de nuestra era vivieron una vida diaria no siempre fácil, siglos en los que muchos sellaron con su sangre la fidelidad a Jesucristo.
Me parece una manifestación de justicia y gratitud recordar a aquellos que dieron su vida por ser coherentes con su fe. Los primeros mártires quizá no murieron porque el odio a la religión fuera la causa que movía a la autoridad que desencadenaba la persecución. Entregaron su vida porque no desearon anteponer a la ley del amor a Cristo, sobre todas las cosas, la ley de un imperio que les ordenaba dar culto al emperador.
Por seguir su conciencia
Este sentimiento de gratitud revive ante la noticia de una próxima beatificación de 498 personas que dieron su vida por no renunciar a su fe, algunos en 1934, y el resto en la zona republicana durante la guerra de España.
498 personas es una cifra extraordinaria. No obstante, en ese número no hay cuestión. Cuando los sacerdotes, religiosos y religiosas asesinados se acercan a los 7.000, y también son muy numerosos los laicos asesinados por su fe, necesariamente se vuelve a plantear la causa y el modo en el que se produjeron esas muertes, cómo aceptaron las personas asesinadas su inmolación, y cómo en todas las épocas de la historia la Iglesia ha rodeado de un recuerdo particular y de un afecto especial a aquellos que padecieron por ser leales a Cristo.
La vida durante los años de la Segunda República, y especialmente las consecuencias de la revolución de octubre de 1934, había llevado a sacerdotes y religiosos a pensar que tenían que estar dispuestos a morir antes que negar la fe que profesaban. La conciencia de morir por ser fieles a Cristo se agudizó en la primavera de 1936. Parece oportuno evocar dos testimonios. Ambos sucedieron en Madrid. El primero está narrado por un capuchino de Jesús de Medinaceli, el 7 de octubre de 1934, mientras escuchaba el tiroteo cercano a su convento: “Reunidos en torno al Sagrario orábamos; no llorábamos como pusilánimes, y nos ofrecíamos gustosos a lo que el Señor dispusiera de nosotros”.
El segundo corresponde al mes de junio de 1936. Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid, al hablar a la promoción que ordenaría ese año, les dijo: antes de un mes alguno puede ser mártir. Y tras estas palabras requirió a todos que expresaran, si esa era su voluntad, de nuevo y libremente su decisión de recibir el sacerdocio. Todos respondieron afirmativamente.