En pleno centro de Valladolid, al final de la calle de la Platería, se yergue la Iglesia de la Vera Cruz, cuya majestuosa fachada constituye una de las estampas más tradicionales de la ciudad. Sede y propiedad de la Cofradía del mismo nombre, la más antigua de las penitenciales vallisoletanas, comenzó a construirse en el último cuarto del siglo XVI, pero hubo de ser reformada y ampliada en la segunda mitad del s. XVII.
Inicialmente, la edificación se llevó a cabo siguiendo las trazas de Pedro de Mazuecos el Viejo y el diseño que para la fachada hizo Diego de Praves, uno de los más destacados arquitectos del clasicismo que imperó en nuestra región a caballo de los siglos XVI y XVII. En virtud de las condiciones impuestas por el cabildo municipal al vender los terrenos a la Cofradía (1582), ésta hubo de respetar un arco previamente construido en ellos. Aprovechando ese elemento, Praves concibió una monumental fachada que aun podemos admirar. Los dos pares de columnas que flanquean el acceso principal obligan a elevar la vista hasta encontrarnos con la hornacina que, en tiempos, hubo de ocupar una imagen de la Virgen y hoy nos muestra la de Constantino. El frontón partido y la Cruz que lo remata completan la calle central de esta fachada, mientras que las laterales se coronan con sendas espadañas. El gran balcón corrido, típico de las Iglesias Penitenciales, se debe al artífice Juan del Barco, miembro de una importante familia de rejeros.
Si la fachada permanece como resto de la primera etapa constructiva, el interior, tal y como lo conocemos en la actualidad, es el resultado del ensanche al que hemos aludido. Presenta tres naves separadas por pilares cuadrados y crucero con cúpula que apoya sobre tambor. Sobre las naves laterales corren tribunas que flanquean el coro alto, situado a los pies del templo. Las obras siguieron el proyecto de Juan Tejedor.
El 16 de marzo de 2025, tras el desplome de la Cúpula el 25 de junio de 2024, el templo penitencial ha retomado su vida diaria, después de permanecer cerrado casi 9 meses para acometer las obras de restauración.
(Anónimo, h 1500-1550)
Reliquia de la Cruz de Cristo procedente de Liébana que, según la
tradición, es el primer y principal objeto de veneración de los
cofrades, hasta el extremo de dar nombre a la Cofradía. La reliquia
se aloja en un ostensorio, pieza importante de la orfebrería
vallisoletana del siglo XVII, hecho de plata, bronce dorado y piedras
preciosas. Presenta forma de cruz con un basamento octogonal, en
cuyo interior se reproduce la escena de Adán y Eva junto al árbol del
Paraíso. En los años 80 del siglo XX la cofradía recuperó la
tradicional festividad del 3 de mayo, celebrándose la procesión del
Lignum Crucis que recorrió las calles de la parroquia de San Miguel y
San Julián.
(Gregorio Fernández, 1623)
Creada originalmente por Gregorio Fernández como una de las siete imágenes que formaban el paso del descendimiento, fue separada de esta composición y sustituida por una copia en el año 1757 debido a “la gran devoción que se tenía y tiene a la imagen de Nuestra Señora de los Dolores“.
La Virgen llena de dolor, sentada al pie del leño santo, obra cumbre del genial imaginero, la más acabada y bella de las que produjo.
Toda ella es labor primorosa y de una enorme fuerza emocional. “Diseños, paños, artificio de tocas todo es excelente” -son palabras de Bosarte- “y por lo que hace a la hermosura de su cabeza, si los ángeles del cielo no bajan a hacerla más bella, de hombres no hay más que esperar”
Jane Dieulafoy la definió como “la obra maestra de Gregorio Fernández y posiblemente la obra maestra de todas las esculturas de madera policromada”
(Gregorio Fernández, 1619)
El Azotamiento: Aparece Jesús -figura divinamente humana- desnudo, de pie, con las manos atadas con una cuerda a la columna. La cabeza, de expresión profundamente conmovedora, está ligeramente inclinada sobre el hombro derecho, la boca entreabierta, su cuerpo inclinado por la fatiga del suplicio. El paño de pureza, de duros y quebrados pliegues, anudado a la cadera derecha. Va policromado conforme a las reglas del mejor arte: la encarnación mate, las huellas del cruento suplicio están patentes “con sus desollones”. Las llagas que en la divina espalda dejara el flagelo, para mayor apariencia de realidad, “van de corcho y sangre cuaxadas“. No faltan los ojos de cristal que miran con tierna piedad; ni los hilos de sangre -finas pinceladas- que corren por el torso desnudo.
Cuenta la leyenda que la imagen de Jesús habló al maestro Gregorio Fernández antes de abandonar el taller. Historias ingenuas, bellas leyendas que muchas veces proyectan más luz, que cien documentos. Los alcaldes de la cofradía solicitan de Roma ciertas indulgencias, para cuantas personas piadosas orasen a tan devota Imagen, teniendo ante los “propios ojos” las dolorosísimas llagas, “que a nuestro señor Jesucristo le hicieron en sus sagradas espaldas con la muchedumbre de azotes que a su Majestad le dieron…”.
(Gregorio Fernández, 1620)
Imagen de Cristo coronada de espinas, con el cetro de caña en las manos y el manto escarlata cubriendo parte de su cuerpo llagado. Escultura devota y realista. La parte anatómica está modelada con cariño hasta el menor detalle; todo revela el arte de su genial creador, Gregorio Fernández.
Este paso es parte de un conjunto escultórico formado por varias figuras, algunas de ellas se conservan en el Museo Nacional de Escultura y procesionan como parte de otros pasos.
(Gregorio Fernández, 1620)
El paso de “La Borriquilla”, como popularmente se le conoce, tiene un valor iconográfico y artístico fundamental, no sólo por su antigüedad, sino sobre todo por ser el único subsistente de una técnica conocida como “papelón” -maniquíes cubiertos con vestiduras de tela encolada y policromada al óleo, con la cabeza, manos y pies tallados- y que es empleada para los pasos procesionales, antes de pasar en el s. XVII a construirlos con esculturas talladas completamente en madera policromada.
Grupo de figuras con cabezas elegantes, cabelleras en mechones finos y revueltos, pegados al cráneo. En la interpretación de los rasgos fisonómicos aparece la tipología de bocas entreabiertas, nariz fina y cejas en ángulo, de origen berruguetesco.
Parrado del Olmo considera incuestionable la atribución del conjunto al escultor afincado en Palencia Francisco Giralte, discípulo aventajado de Alonso Berruguete.
Antiguamente se trasladaba desde la Penitencial a la Iglesia del Convento de San Francisco y, después de la misa solemne, se conducía procesionalmente por el claustro, nave de Santa Juana y patio de entrada del convento, volviendo a entrar a la Iglesia de los Franciscanos, para finalmente retornar a la Iglesia de la Cruz en compañía de sus cofrades.
En la actualidad, la Procesión de las Palmas protagoniza en la mañana del Domingo de Ramos, uno de los momentos más gozosos de la Semana Santa. El fervor popular se desata al paso de la Cofradía de la Santa Vera Cruz con su Borriquilla por las calles céntricas de la ciudad, repletas de una muchedumbre de niños que agitan con entusiasmo sus cimbreantes palmas.
(Gregorio Fernández, 1623)
Es obra plenamente lograda, de composición elegante, armoniosa y resuelta con insuperable maestría; es la única, dentro de las numerosas esculturas procesionales, que puede admirarse tal como salió del taller del insigne maestro. Aquí están en torno de Jesús, en el momento de ser descendido de la cruz, los varones justos, Nicodemo, José de Arimatea, el discípulo amado y la Magdalena, ataviados con amplias vestiduras de duros pliegues, que se mueven con brío y llenas de vida. Cerca presencia la escena la Virgen María que, transida de dolor, abre los brazos en anhelo infinito de amor. Es sustituida por una copia en el 1757, y colocada la original presidiendo el retablo mayor.
El “paso”, máquina monumental, mereció encendidos elogios. Por cierto, los alcaldes y mayordomos, que tan expeditos se mostraron -cuando les tocó apreciar la obra- fueron harto remisos a pagar su justo precio. No tenían prisa; iban con tanta lentitud librando las cantidades que, cuando muere Gregorio Fernández, y veinticinco años después, su mujer Maria Pérez, los herederos, dolidos por tan maliciosa y desusada dilación, se enzarzan en un pleito. El ilustre investigador Martí y Monsó, en su afamado libro “Estudios Histórico-Artísticos”, publicó interesantes detalles.
El grupo procesional una vez terminado y visto, como era de uso y costumbre por peritos en el arte, desfiló por vez primera el año 1625, formando parte del cortejo procesional, en la tarde del “Jueves de la Cena”. Montado tal como salió del taller de Gregorio Fernández, sin sufrir ningún cambio en su estructura, todos los años cumplía la alta misión de enfervorizar al pueblo, haciéndole sentir a “lo vivo”, tan sublime y conmovedor momento. Pero a partir de 1757, por acuerdo del cabildo de la Vera Cruz, se ordena que la imagen de Nuestra Señora de los Dolores se quite del paso y se coloque sobre unas andas, cerrando la procesión, “con el claro de los alcaldes“; de idéntica forma que va la Dolorosa de Juni, en la Cofradía Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias. En el paso de “El Descendimiento”, en el mismo lugar que ocupaba la Virgen, mandan sea labrada “otra imagen a su semejanza“. Cambio motivado según declaración de los propios cofrades “por la gran devoción que se tenía y tiene a la imagen de Nuestra Señora de los Dolores”.
(Andrés Solanes, 1629)
El artista, al interpretar a lo “vivo” la escena dolorosa del Huerto, debió inspirarse en el Evangelio de San Mateo; cuando el Divino Maestro, de rodillas sobre un peñasco exclama: “Padre mío, si es de tu agrado, aleja de mi este cáliz. No obstante, que no se haga mi voluntad, sino la tuya. En esto se le apareció un ángel del cielo, confortándole “.
A dos figuras queda reducida la escena, la de Jesús -la única que merece mención- destácase el modelado de la cabeza y la expresión justa y emotiva del rostro.
El tallado de las ropas no parece proceder de la misma mano, es algo más duro y menos correcto de líneas y produce menos emoción.
(Anónimo, Siglo XVI)
Crucificado que presidía el retablo de la ermita que levantó la Cofradía en la Puerta del Campo Grande, conocida como el Humilladero -de ahí su nombre- siendo este su emplazamiento y lugar de veneración hasta que en 1681 pasó a presidir el retablo mayor de la Iglesia situada al final de la calle de la Platería, para ser colocado en la hornacina principal del retablo mayor, acompañado a cada lado por las figuras de la Virgen y San Juan conformando un Calvario. En 1757 fue reemplazado por la Dolorosa.
Su posterior ubicación en un altar situado en el lado de la Epístola, fue definitiva hasta el día de hoy, con la salvedad de unos meses que estuvo confinado en el Convento de San Francisco como consecuencia del incendio que sufrió la Iglesia a principios del s. XIX. Este altar es un retablo compuesto por un arco de medio punto sobre el que se asienta un marco -que también procede del retablo mayor- con motivos vegetales en dorado y una serie de veinticuatro espejos ovalados, con un remate en la parte alta que alberga el escudo de la Cofradía.
La imagen muestra el influjo de Alonso Berruguete, como se observa en el alargamiento y el retorcimiento de la figura, con una tendencia al expresionismo que alcanza un dramatismo espiritual. Sin embargo, hay un tratamiento más moderado de los medios empleados por Berruguete que nos conduce a la gubia de algún seguidor.
En múltiples ocasiones el Cristo fue trasladado hasta la ermita como rogativa para implorar lluvia, cosechas abundantes o ayuda en las pestes y calamidades que asolaron Valladolid.